DESDE EL VIENTRE DE LA BESTIA – CUENTOS CANALLAS – Capítulo I – EL INFIERNO YA NO ES LO QUE ERA

“El Último” es el seudónimo de un buen amigo y compañero que lleva muchisimos años preso. Nos ha enviado este primer capítulo de sus “Cuentos Canallas”, texto escrito desde el vientre de la bestia-cárcel. Según vayamos recibiendo los textos, los iremos subiendo para vuestro/nuestro deleite.

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boqueras-steampunk

CUENTOS CANALLAS

Capítulo I

EL INFIERNO YA NO ES LO QUE ERA

Sobrevivir, eso es lo que hacíamos entonces. Los patios eran peligrosos hasta el punto de que cada día, al bajar de las celdas al patio, podríamos morir de manera violenta. Las reyertas por cuestiones de honor estaban servidas. Se luchaba por el control del talego, de la poca droga que entraba, por dinero… La tensión se mascaba en el ambiente; era como el aire que respirábamos. Nadie se podía relajar y, cada día, cada instante, tenías que ser tu mismo. La autenticidad era una fuerza poderosa. La peña que iba de lo que no era no duraba mucho, acabando por engrosar el estadillo de ordenanzas de ingresos y celdas de aislamiento. La gente te ponía a prueba, los guardias lo hacían también. Éstos, solo respetaban a quienes temían…

Un tipo podía acabar siendo la puta del patio. la irrisión y el blanco de los porrazos, el comepollas de cualquiera que le gustase que se la chupara otro tío y fuese capaz de imponerse; podía convertirse en el satélite de alguien mas fuerte que él, obligado a apuñalar a traición a los enemigos de su amo, a guardar sus armas…

Podíamos perdernos para siempre entre las celdas de aislamiento y las cuatro paredes de los patios…

Hoy vivir aquí, solo es complicado. Por supuesto que la convivencia forzosa no ha perdido sus aristas, aunque si eres capaz de trascender los inconvenientes, de templar el orgullo y dominar los impulsos, se sale adelante.

– Así dicho, R.L., parece fácil. Pero sabemos que los mecanismo neuronales de cada uno tienen distintos encendidos. Hay días que nos sorprenden con un despertar torcido, que nos contamina, si no todo el dia, al menos parte de él, y es en ese tiempo cuando somos vulnerables y cualquier banalidad puede tomar tintes trágicos.

– Si, compañero, nada mas cierto, aunque … ¿quién no quiere marcharse de este puto antro? Hasta la gente con menos luces quiere regresar a la cárcel del exterior.
Por eso hoy, afortunadamente, no se llega hasta el final, por duro que sea el intercambio de improperios.

Suena el pitido que antecede a una comunicación, por el megáfono:

– ¡MÓDULO…ASAMBLEA GENERAL EN LA SALA!

Interrumpieron mi conversación, pasaron a la sala y se sentaron en la mesa que solían ocupar con D. Era una de las mesas mas próximas a la segunda puerta de salida al patio. Los presos no paraban de intercambiar palabras con tono fuerte, montándose el gallinero de todos los días. A los cinco minutos, un sssssssss, exigiendo silencio los avisó de que acababan de entrar en el hall del módulo, un animal inteligente seguido de una sabandija uniformada, dispuestos a representar la farsa matutina.

– ¡Buenos días! – Saluda el docto animal, y es saludado por la mayoría. C.J., R.L. y D. mantienen la vista en el suelo después de los primeros vistazos de reconocimiento. Estaban atentos a cuanto se celebraba. Los responsables del módulo leyendo las advertencias y recomendaciones para todos los grupos; se nombraron los destinos de limpieza y después, al no haber “negativos”, recibieron los consejos grisáceos y lacayunos que pretendían ser un agarradero moral para permanecer en este oasis de la reinserción; se les enumeró una larga lista de expectativas a las que tendrían acceso si luchaban a brazo partido contra la subcultura carcelaria y se alejaban a la casuística del egoísmo y dejaban de alimentar sus desórdenes interiores…

Tras unas cuantas patrañas mas y el consabido ¿Ruegos, preguntas, sugerencias, peticiones…?, cada uno marchó a la actividad que tenía programada.

Por la mañana, es el único momento en el que estos antropólogos sociales están cerca, pues el resto del día, si no es con algún motivo concreto: permisos, sanciones, clasificaciones, revisiones de grado…, no volvían a catar su avidez de gloria penitenciaria.

No todos son elementos interiormente destruídos, a los que el estado atrae hacia sus prisiones interiores y mantiene segregados de la sociedad, dándoles poder y autoridad sobre los condenados, además de un sueño: subir en el escalafón hasta el cargo de alcaide…Pero una gran mayoría de estos carceleros y carceleras son individuos conformados, que siguen el patrón, cualquiera que éste sea, porque de algo hay que vivir; los apáticos de culo ergonómico, como los asientos de la “pecera”, donde se pasan la mayor parte de sus vidas, en turnos de ocho horas y de la que aborrecen salir, poniéndose de un humor de perros si algún recluso les fuerza a moverse del sillón…

Los hay desencantados, que llegaron a prisiones por causa del paro o pretendiendo hacer la revolución desde dentro -como si pudiese hacer alguna cosa una vez que forma parte de la digestión de la bestia cárcel-. Su afán regenerador, sus deseos de “humanizar” su espacio laboral, también contaba con un ingrediente secreto: poder hablar abiertamente de su ocupación en el barrio, con sus vecinos y conocidos, con sus familiares políticos….., porque han sentido alguna vez el rechazo social que se les cae encima cuando se han sincerado con alguién y le han hablado de su “profesión” – soy funcionario de prisiones…Pero entran en la academia, sacan las oposiciones para el cuerpo especial y comienzan sus primeras guardias de prácticas junto a veteranos que llevan años y años perdidos por las tripas carcelarias y que en toda su “carrera” no han conseguido mas que la placa de jefe de departamento -que la otorga la dirección general por antiguedad- tras haber pasado por todos lso compartimentos estancos: aislamientos, ingresos, enfermería; y que odian al recluso, al que culpan de todas sus torpezas, de su inoperancia, de no haber conseguido los ascensos que se prometían y que nunca han logrado; de sus separaciones y divorcios… Estos individuos completamente asociales, guías expertos del novato, les dicen: ¡Jamás confíes en el preso, te traicionará, te engañará, abusará de tu buena fe, de tu ingenuidad! ¡Te manipulará para comprometerte a que le traigas drogas, licores, móviles o cualquier otra cosa prohibida!

…Y el “idealista”, que desea cambiarlo todo, lucha contra su conciencia y sus escrúpulos vencen; contrario a dar por buenas las advertencias del veterano, se dice: – ¿Qué iba a decirme un tío que lleva toda una vida abriendo y cerrando puertas, que ha utilizado la porra y los grilletes y no conoce el dialogo? Y continua su lucha interna, escandalizándose ante la forma en sus compañeros tratan y hablan de los reclusos cuando se reunen en las peceras, en la cafetería, en los vestuarios…

Un día, en un módulo “difícil”, un recluso se le aproxima, trata de ganar su confianza, de comprarlo, y al no conseguirlo, lo amenaza, lo agrede… y desde ese día decide que todos los reclusos son iguales, que no puede esperarse nada bueno de ellos… que su compañero tenía razón, que hablaba por experiencia…Y a partir de ese día, ya no vuelve a salir de la pecera si no es para lo imprencindible. Este sedentarismo de acuario hace que su cuerpo se vaya transformando; su barriga aumenta poco a poco, su culo va tomando esa forma ergonómica que tan claramente los distingue del resto de personal que “trabaja” en la cárcel…Su aspecto se vuelve descuidado, algo pringoso…Ya es un veterano. Su ropa huele a cárcel, su rostro y su voz es cárcel.

Pero todo ha cambiado con la terapeutización de la fachada carcelaria, con estos módulos de respeto. El condenado ya no es un preso sino un interno terapeutizable. El guardia ya no es un carcelero, sino que se ha trasformado en reeducador; el educador se ha convertido en moralista y el/la trabajador social es un ayudante de los visgetones de cerebros delictivos (psicólogos), que, pertrechados con su maletín de conceptos mentirosos, tienen la idea reformadora de encajar a los reclusos, con el calzador terapeútico, una moral acomodada a las naturalezas esclavas.

Estas farsas reeducativas producen en los “internos” el efecto alienante de convertir en rutina este decálogo de estúpidos prejuicios, mientras su interior se encanalla, se envilece hasta el punto de que salen a la cárcel exterior siendo auténticos profesionales del naufragio

El Último

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