Subyugocracia – TEXTO DE EX PRESOS SOCIALES COPEL

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El Parlamento español se compone del Congreso de los Diputados y del Senado. El Congreso es el órgano encargado de producir anualmente un cuerpo legislativo nuevo o modificar el existente. El Senado es el órgano de premio por descanso al descansado, una función que ratificando las leyes no incide para nada en la resolución tomada por el poder político general, en el sentido de que, si hay algún reajuste en la legislación, se debe al acuerdo de ese poder general, y que tiene que ver con el disimulo laboral del Senado.

El Congreso de los Diputados nunca puede estar parado en su ejercicio de dominio. Debe de justificarse promulgado leyes sin parar, imponiéndose esa obligación sea o no de utilidad a la población a la que dirige y se dirige, el atenazamiento de su cuerpo legal, o la a cumulación de leyes para que la vida de las personas sufra un contínuo deterioro de su albedrío. Estamos hablando de la cárcel progresiva, aquella que llega sin darnos cuenta, o con suavidad, mientras tomamos las drogas acomodaticias de Tele 5, Tele 3 o Tele 1.

La cárcel, de repente, posee otras características de estabilizadoras del sufrimiento. Esta cárcel se describe entonces como un cubo enrejado rodeado de garitas de vigilancia elevadas, ocupadas por personas armadas. Todo el mundo conoce su existencia y sabemos que su impalntación es decisión del Parlamento. El órgano parlamentario crea todas las cárceles, decidiendo que la humanidad tenga múltiples restricciones de la conviviencia privada y colectiva. Para que funcione con eficacia impune, el Parlamento presenta un socorro de leyes económicas, creando las infraestructuras y nóminas de abastecimiento a los cuerpos de funcionarios, regularizando la deshumanización progresiva o repentina de las personas.

Esta deshumanización, admitida por un cuerpo social amplio y complejo, tiene que ver con la inestabilidad mental que provoca el conformismo, el confusionismo y la sedentarización social, una multiplicidad de factores de los que está preñada la psicología de la contención ante el riesgo de la infracción, penal o administrativa, que el sistema fomenta al día con sus ventanales, como la religión de seguridad. Por lo tanto, la libertad está excluida, por la convicción o por los decretos legales, conformándose desde el Parlamento la deshumanización contaminante que le es innata.

Visto hasta aquí, no existen arreglos ideológicos o partidistas si no se aborda la rehumanización, restaurando la cualidad alternativa individual, la convivencia libre con todos sus riesgos, las relaciones sin intermediación coactiva, mucho menos lesivas que la pérdida drástica o progresiva de la condición humana forzada en las personas, la que pervive, martiriza y dramatiza sin más alternativa que la esclavitud permanente.

Mirando hacia atrás 38 años, la COPEL estaba en muy parecidas circunstancias que la última generación adulta de este siglo XXI. Tanto las Cortes franquistas como el primer Parlamento borbónico tenían las mismas funciones, con los matices y diferencias adecuados al contexto histórico, que el Parlamento actual o de última generación: todos ellos productores de la degradación humana. Sin embargo, apreciamos el empeoramiento de una ley a otra, no por la calidad, que es discutible, sino por la cantidad indiscutible. La acumulación de leyes crea tantas nuevas obligaciones que haría falta estudiar derecho o contratar a un detective para averiguar cuántas nuevas y masivas prisiones coartan a las personas de sus facultades naturales. Por ello, la suma del cohibicionismo necesariamente empeora la calidad de vida humana, porque las relaciones, todas, están sometidas a códigos standard de conducta. Quiere decir que somos máquinas con ilusiones que no podemos cumplir. Tenemos sueños de iniciativas y libertad imposible que no nos permiten expresar. Hemos elegido que nos persiga la policía y, en algunos casos, que nos torturen físicamente, pero, si realizáramos nuestras ilusiones e iniciativas de libertad, las torturas físicas se darían en todos los casos.
Hablar de la convivencia maltrecha no es pesimismo, sino comunicación de resistencia. No estaríamos denunciando al Parlamento, al gran policía orwelliano, si no defendiéramos la identidad humana y su dignidad. Los copelianos resistentes no se integraron en las turbias aguas parlamentarias de la década de los setenta a la actualidad, siguiendo el ejemplo de las personas idealistas que dan un manotazo a la esclavitud presentando la bandera de la humanidad nunca perdida. Como pretensión, la zapamina de la corrupción que se cimenta abajo, único lugar para la solidaridad, del que no queremos salir, para que el edificio artificial se desplome, eliminando las difrentes justicias y que sólo exista una, la que iguala y no excluye.

Es muy difícil encontrar criminales profesionales en las cárceles españolas. La mayoría de los presos no son malas personas. En todo caso, son malos “delincuentes”, gentes de la ruptura, pero, en abundantes porcentajes, clamorosamente víctimas del error al calcular el riesgo. Es lógico que las gentes sin recursos económicos y de corporación carezcan de los medios de coartada que poseen los discriminadores económicos: banqueros, representantes ejecutivos y las élites que por oposición (a la razón) se convierten en poder de Estado. Es aquí donde vemos al delincuente profesional de carrera, el déspota, el malvado que atribuye a los débiles su resposabilidad culposa.

Caí sobre la vida, nadie me levantó.
Cantando a la esperanza llega el corazón.
Caí sobre la vida, la puse en pie.
Levanta, arriba, te defenderé.
(Tras los barrotes, los compañeros silbaban la canción).

El altísimo coste económico de cada persona que habita una cárcel, merced a la discriminación social y administrativa, no es una tragedia para los insensibles criminales profesionales. Funciona con total impunidad la farsa, la esclavocracia que desvía hacia el pobre la culpabilidad que no le pertenece, sancionando con el clamor difundido, publicitado profesionalmente, coordinado con la estrategia fascista de la falsa seguridad plutocrática. Fue un método procesado por el franquismo, asumido de un siglo a otro por la democracia. Los modernos apólogos del crimen y sus ejecutores salvan su respetabilidad eliminando la pena de muerte, con virulenta y prostituída democracia que martiriza a a perpetuidad manteniendo los postulados dictatoriales en la economía y la represión en su defensa, logrando el racismo económico travestido por su propio carnaval. Un vestido para cada circunstancia de dominio. La estafa de imagen utilizada para que la provocación de dolores en la gente, incluída la tortura, sea secreta. Tras el espejo de la democracia parlamentaria reside la opresión en cascada, muerte y mordaza, inicuidad del pandillero abusócrata, malvados viviendo y disfrutando de la vida de todos desde el dolor de los falsos culpables, la exclusión de personas que por pobreza habitan, enterradas en vida, las fosas de las cárceles borbónicas. Personas que tienen menos vida, muy poca, desposeídas por los ladrones de las vidas.

Caí sobre la vida y el abuso me auxilió.
Torturado y aislado, en la libertad encontré la solución.
Resurgía la vida, la solución, la solución.
Por la libertad, muera el Rey y el Gobierno a continuación.
Dos desmedidos asesinan los derechos de un millón sobre cada millón.
Mueran los dos, es la solución, es la solución.
Murmuran las celdas: es la solución, es la solución.

FUENTE: EX PRESOS SOCIALES COPEL

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